Milongas salvajes, milonguitas en casa,….los que bailan con los demás .

Desde hace varias semanas, tribunas están publicadas en las redes sociales que condenan
las milongas clandestinas, salvajes o incluso privadas en distintos paises,
recientemente en Italia y en Francia. Las reacciones a estos comunicados reflejan las divisiones de la población en materia de pandemia, en lo que se refiere a su gestión y su tratamiento político y por los medios de comunicación. Es decir extremadamente divisivas y divididas. El tango no escapa a esta división y esta danza que expresa nuestra relación con nuestro cuerpo, y con el cuerpo de la pareja, pasa a ser el indicador de nuestra relación con la enfermedad, los microbios, y los viruses.

Quizas ha venido el tiempo de construir un debate sobre el porvenir del tango, desde que empezó el asunto del COVID-19.

Sólo examinaré las milongas en el espacio privado, (porque estas fueron también condenadas por escritos en las redes sociales) pero quisiera explicar por qué razón tienen un papel positivo (o dañino, cada uno evaluarà) en las milongas públicas, cuando estas últimas se vuelvan legales.
Primero es útil recordar que en Francia, desde el 11 de Mayo, la ley en relación con las agrupaciones de un màximo de 10 personas solo se aplica al espacio público y no se refiere a la esfera privada, ya que el « Conseil Constitutionnel »ha rechazado la decisión estatal de prohibir las agrupaciones de más de 10 personas en casa de la gente. Y cada uno en nuestra república está libre, en la actualidad, de festejar en su domicilio con la familia y los amigos.

Uno puede alegrarse al comprobar que el deseo de bailar no se apagó en Italia,tampoco en Francia y que a pesar de la catastrofe sanitaria, y luego, a pesar del miedo alimentado por los medios de comunicación y el gobierno, la gente baila el tango, en círculo intimo, a menudo reducido a 2 parejas, en su salón, en su garage…..Es una felicidad, el dinamismo del tango està siempre acà, o ha vuelto a aparecer. En Francia, en muchos lugares, con o sin mascarilla,
desde hace varias semanas, el mismo deseo ha vuelto a aparecer, las milongas privadas o salvajes se multiplican, mientras que las tasas de hospitalización disminuyen inexorablemente, las terrazas se llenan legalmente, los trenes abarrotados sin distanciamiento físico circulan, las canchas de baloncesto y de rugby vuelven a abrir, y lo todo, con repetidos anuncios cautelares en los medios de comunicación oficiales,en todas las plataformas, y en todo el espacio público.
Como me lo decía un amigo de Montevideo : « el tango es el último en la lista » en el cese de las medidas de sanidad. Danza que nos permite abrazarnos de forma muy estrecha, y de modo casi continuo, durante 3 o 4 piezas seguidas.
Bailar el tango hoy es quizàs una manera de hacer valer a todas luces, que no tenemos miedo y que la enfermedad, los viruses pueden o no pueden moverse, y que hoy, si a pesar de las milongas, de las terrazas y trenes abarrotados, no hay explosión en el número de personas hospitalizadas, es una prueba contundente del final de la pandemia o de su virulencia.
Asi que, bailar el tango hoy es un acto inconsciente, irresponsable, carente de civismo, y egoista para ciertos, pero para mi, se transforma en la bandera de la libertad, de la vida, y de la desaparición del virus. Y entonces, bailar pasa a ser un acto político.
Por qué elegí bailar el tango con amigos últimamente ? Porque creo sinceramente que de no mandar señales fuertes o esperar tranquilamente la luz verde de las autoridades de sanidad, el tango pasará a ser una danza estrictamente regulada y/o penalizada en un futuro próximo : en el peor de los scenarios, desafortunadamente imaginado ya por ciertos gobiernos y por un tal Bill Gates, el acceso a las salas de deporte y de baile y a ciertos espacios públicos, sólo se permitirá mediante libretas de vacunación actualizadas y/o mascarillas obligatorias.
Personalmente no deseo que mi acceso a una milonga sea condicionado por el uso de una mascarilla, o la presentación de una libreta de vacunación.
Si esto occuriera, representaría para mi un retroceso de nuestra condición humana, de la expresión de nuestra libertad y de nuestra relación al tango. Sería una página profundamente alterada de la historia y de la esencia del tango, patrimonio inmaterial de la humanidad.

Me temo en efecto que sean necesarios meses, incluso después de la suspensión de los estados de excepción sanitaria, para conseguir que grandes tropas de bailarines despreocupados vuelvan a los grandes festivales, a las escuelas de baile, porque el miedo y la culpabilidad de una gran parte de estos bailarines se ha instalado durablemente hoy. Nos costará dominar la ansiedad, después de esos meses de prohibición exigidos en nuestros paises. Es muy probable que el público de tangueros acabe disminuyendo, y que así nuestros festivales de tango que atraían grandes orquestas y maestros se vean obligados a rebajar considerablemente sus ambiciones y su capacidad de acogida ( tanto más cuanto que estas capacidades reducidas se impondrán desde arriba, en nombre del higienismo de estos nuevos tiempos).
Toda la economía del tango està decayendo, muchos profesores y orquestas que vivían del tango padecen una catastrófica situación economica. Esperar tranquilamente la suspensión de las medidas de prohibición como lo recomiendan ciertas escuelas o asociaciones de tango puede resultar peligroso, de instalarse durablemente un modelo higienista que me parece necesario combatir.

Entonces, quizás la esperanza es llevada por los que se niegan a sucumbir al miedo y reactivan lo que dió lugar a los bailes de tango : milonguitas en casa, milonguitas de barrio, con algunas parejas conocidas. Pequeñas milongas privadas, basadas en el principio de confianza mutual, personas invitadas o recomendadas, mini encuentros, de forma estrictamente reservada, y al final gratis o casi gratuita, con mucha convivialidad y calor humano, lejos del anonimato de ciertos festivales. Y dado que las capacidades de acogida están reducidas, habrá muchas milonguitas por todas partes, para que toda la gente disfrute.
Es lo que está pasando en la actualidad en las casas de unos y otros, primeras tropas en esta batalla para defender el tango contra el miedo y la obsesión por la seguridad. Y posiblemente, acá y allá, se invitará uno o dos compañeros músicos para amenizar la noche además de los amigos musicalizadores, sin demasiado ruido, para no estorbar a los vecinos.
Desde luego, las milongas autorizadas a cielo abierto volverán, con capacidades de acogida importantes, y podrán volver a florecer dependiendo de las condiciones meteorológicas, mientras que probablemente los salones grandes o medianos se vaciarán parcialmente, porque bailarines huirán de ellos por miedo a los microbios o a los viruses, o hartos de los controles o de las mascarillas.

Me inclino a creer que la historia no espera, y que al desobedecer, estamos intentando de forma modesta salvar, un poco, el tango, y tememos que si esperamos el permiso de abrazarnos, en un salón o en el exterior, esto sea una espera suicida para nuestra pasión.
No sentenciemos tan rapidamente los que bailan con los demás.

Cécile Ravel (gracias a Gérard por la traducción)

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